¿De verdad hay que elegir entre empresa o familia en la empresa familiar?

Hace un tiempo, me explicaba el fundador de una gran empresa familiar que, ya en su vejez, había descubierto que tenía una familia, y que se había propuesto intentar recuperarla.

Durante décadas había tomado decisiones difíciles, había creado empleo, había hecho crecer un proyecto empresarial sólido. Pero, casi sin darse cuenta, la familia había quedado en un segundo plano. Cuando quiso mirar atrás, vio que el coste ya era evidente.

No es una situación aislada. Trabajando con empresas familiares, he tenido varias conversaciones de este tipo en los últimos años, y me han llevado a una reflexión: no siempre fallamos por tomar malas decisiones, sino por hacernos durante años la pregunta equivocada.

Una de esas preguntas mal enfocadas es: ¿qué es primero, la empresa o la familia?

Una falsa dicotomía que suele generar conflictos

Plantear la relación entre empresa y familia como si fueran realidades enfrentadas suele llevar a enfoques erróneos y, en ocasiones, a decisiones que originan conflictos difíciles de reparar.

La familia es un valor en sí misma. La empresa también.

No hay ninguna necesidad de contraponerlas. Al contrario, el verdadero reto está en descubrir cómo cada una puede aportar a la otra, desde su propia naturaleza y con sus propios tiempos. Son proyectos distintos, pero totalmente complementarios.

Cuando se impone sistemáticamente una sobre la otra, ya sea sacrificando la familia por anteponer el negocio o descuidando la empresa por priorizar la familia, el resultado acostumbra a ser frágil y poco sostenible.

La complementariedad como punto de partida

Una familia propietaria cohesionada aporta estabilidad, visión de largo plazo y continuidad a la empresa. Entendida no solo como vínculo biológico, sino como fuente de pertenencia, identidad y estabilidad emocional, la familia se convierte en un activo estratégico.

La empresa, por su parte, puede convertirse en un proyecto compartido que da sentido al legado, genera oportunidades y conecta a distintas generaciones de la familia alrededor de un propósito común.

Pero esta complementariedad no surge de forma espontánea. Hay que construirla y gobernarla. Y para ello resulta clave que la familia propietaria esté en paz consigo misma.

Cuatro pilares para la convivencia familia–empresa en la empresa familiar

En base a mi experiencia, hay cuatro pilares que ayudan a crear un marco de convivencia sano entre familia y empresa en la empresa familiar:

  1. Transparencia y comunicación

La convivencia se resiente cuando falta información o existen agendas ocultas. La claridad, la rendición de cuentas y una comunicación honesta generan confianza y reducen malentendidos.

  1. Justicia y reparación

No se puede construir futuro sin revisar el pasado. Resolver agravios, reconocer errores y tratar las situaciones con equidad es imprescindible. A veces, esto requiere introducir el perdón, como señala el profesor Joan de Dou, y no solo desde un nivel emocional, sino como una decisión consciente orientada a avanzar.

  1. Respeto y afecto

En las familias empresarias no es necesario que todas las personas piensen igual, pero sí que se respeten. El afecto familiar no sustituye al respeto profesional: lo refuerza. Donde hay respeto, las diferencias se gestionan mejor.

  1. Libertad y desarrollo personal

La empresa familiar no puede convertirse en una jaula de oro. Cada persona necesita espacio para desarrollarse y aportar valor desde su rol: como accionista, como consejero, como directivo o también fuera de la empresa. La libertad bien entendida fortalece el proyecto común.

Gobernar la relación, no improvisarla

Es normal que surjan discrepancias o momentos de menor cohesión. La clave no es evitarlos, sino tener espacios adecuados para gestionarlos con rigor.

El consejo de familia, cuando funciona de manera seria y profesional, es un excelente mecanismo preventivo. Es un espacio donde se pueden abordar temas complejos, separar personas de decisiones y juzgar actuaciones sin cuestionar a las personas.

Porque cuando se juzga a las personas, el conflicto se enquista. Mientras que cuando se analizan las decisiones, aparecen soluciones.

La prioridad son las personas

La historia de aquel fundador con la que iniciaba este post no es excepcional. Es, por desgracia, más frecuente de lo que nos gustaría reconocer.

No caigamos en la trampa de plantear empresa y familia como si compitieran entre sí. Ambas son igual de importantes, pero solo encuentran su lugar cuando se gobiernan desde una mirada más amplia e integradora.

En el fondo, la clave no está en elegir entre familia o empresa, sino en algo más profundo: poner el foco en las personas como base de un buen gobierno y de la continuidad de la empresa familiar.

De este tema hablaremos en el próximo post.

Adaptación de un post publicado originalmente en el Blog de empresa familiar del IESE.

Imagen: Canva

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